Es triste imaginar México con orejas de burro, que no lee lo suficiente, que su comprensión lectora es limitada, que no se le dan las matemáticas o no le entra la ciencia en el cerebro colectivo.
La presidenta Claudia Sheinbaum reaccionó a los resultados de PISA 2025 con una frase evasora: "la misma prueba para todos los países siempre tiene sus limitaciones". Cuestionar al examinador es más fácil que aceptar el diagnóstico. México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias. Los países de la OCDE (organización que realiza la prueba) promedian 463, 461 y 482, respectivamente, en esas mismas materias. La diferencia en matemáticas equivale a casi cuatro años de aprendizaje perdidos.
Casi 42% de los estudiantes mexicanos de 15 años tiene un desempeño bajo en las tres áreas evaluadas. En la OCDE ese porcentaje es 19.7%. Apenas 0.5% de los alumnos mexicanos alcanza niveles de excelencia, contra 11.9% del promedio internacional. México participa en PISA desde el año 2000; nunca había descendido tanto.
El discurso oficial tiene una coartada perfecta. La culpa es de la pandemia y de las pantallas, fenómenos admitidos por la OCDE. La presidenta dijo que la caída en lectoescritura "se asocia a las plataformas digitales" y que en México la disminución es menor que en otros países. Es un argumento cómodo decir que la tecnología es el chivo expiatorio perfecto para no revisar lo que realmente falla de la política educativa.
El informe PISA 2025 es honesto al señalar que la caída es global. Los promedios de la OCDE son los más bajos registrados en lectura, matemáticas y ciencias desde que la prueba existe. En lectura, el descenso entre 2015 y 2025 fue de 28 puntos en promedio. En matemáticas, 22 puntos desde 2018. En ciencias, siete puntos. La pandemia y la digitalización afectaron a todos. Pero no a todos por igual. México no sólo está siguiendo la tendencia internacional, sino que está cayendo más rápido y desde una política educativa más frágil.
La brecha socioeconómica sigue siendo el factor más determinante. Entre 25% de estudiantes mexicanos con mayores ventajas y 25% con más desventajas hay 68 puntos de diferencia en ciencias. Esa brecha equivale a tres o cuatro ciclos escolares. El nivel socioeconómico explica 12% de la variación en el desempeño científico. Y 30% de los estudiantes evaluados en México se ubica en el cuartil socioeconómico más bajo de la distribución internacional.
El debate sobre tecnología e Inteligencia Artificial en la educación mexicana está lleno de contradicciones. Se acordó prohibir celulares en las aulas, pero en distintas instituciones educativas públicas y privadas se reforman planes de estudio para incorporar la IA como materia. También se inauguran centros de formación en IA con diez mil estudiantes en su primera generación. Todo esto ocurre mientras la mitad de las escuelas del país sigue sin acceso a Internet y 13.1 millones de menores sólo tienen un celular como única tecnología disponible en casa, en lugar de tener una computadora de escritorio o laptop, que generan menos distracciones.
El informe PISA 2025 muestra que el uso moderado de dispositivos digitales para aprender se asocia con mejores resultados. El uso excesivo y la distracción digital se vinculan con resultados más bajos. La relación depende de cómo se usan las tecnologías, no de las herramientas en sí mismas. En México, el problema no es que los estudiantes usen modelos de IA para hacer la tarea, sino que muchos no tienen electricidad estable, conectividad confiable ni una computadora funcional.
La Nueva Escuela Mexicana, implementada desde 2019, priorizó objetivos sociales e ideológicos sobre los aprendizajes básicos. Desapareció la evaluación nacional. Desdeñó las mediciones internacionales. Ahora sus resultados quedan al desnudo. La Unión Nacional de Padres de Familia dijo que los números de PISA confirman deficiencias señaladas desde hace años en el currículo, la formación docente y los libros de texto. No se trata de un diagnóstico reciente.
México invierte 2,790 dólares por estudiante en educación básica y media superior. Es el segundo gasto más bajo de la OCDE, sólo por encima de Perú. El promedio de la organización supera los 10,000 dólares. Las familias mexicanas cubren 16.2% del gasto educativo, casi el doble del promedio de la OCDE. La educación pública mexicana está subfinanciada.
La explicación fácil vuelve a ser que la tecnología distrae a los jóvenes. Pero México lleva veinticinco años sin construir un sistema educativo que enseñe a leer, escribir y razonar. PISA 2025 no mide si los estudiantes saben usar TikTok o Instagram. Mide si pueden entender un texto, resolver un problema matemático e interpretar evidencia científica. En eso estamos reprobados, no en el acceso a las redes sociales.
La presidenta tiene razón en que la misma prueba para todos los países tiene limitaciones. Todo instrumento de medición las tiene. Pero la limitación no está en el examen sino en un sistema que confunde cobertura con calidad, que celebra la resiliencia de los maestros mientras les niega condiciones dignas y que culpa las pantallas de un deterioro que se gestó en el aula, en el currículo, en el presupuesto y en las oficinas de la SEP.
Si el debate público sigue centrado en el teléfono, las redes sociales y la IA, perderemos la batalla educativa porque ni los dispositivos ni la tecnología van a desaparecer, van a seguir evolucionando y perfeccionándose. Mejor hay que pensar en cómo construir una escuela que enseñe a pensar a alumnos, maestros y autoridades con la tecnología.
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